Aprender, sin prejuicios, a conocer otra cultura
Víctor Rojas González
Dushanbe, Tayikistán
Hace 20 años por estas épocas, siendo estudiante universitario, una maestra nos invitó a tomar café a su casa para discutir temas de Asia central, India y Japón; en medio de aires navideños nos regaló un libro; el mío fue de Asia central. Agradecí mucho aquel presente que todavía conservo.
Mucha agua pasó bajo el puente y hoy estoy trabajando en Tayikistán, en el Asia central que mi libro me describió. Los conocimientos que aquella maestra me dio me han permitido apreciar esta cultura y aprender sin prejuicios su forma diferente de ver el mundo.
Este país fue miembro de la antigua Unión Soviética. Se la menciona como la más remota y pobre de sus provincias, con yacimientos de aluminio y uranio. Hay planificación urbana. La gente vive en edificios de apartamentos. No se reportan asaltos. La actividad comercial es delicadamente desordenada, agrupada en bazares semejantes a un gran mall, sin paladinas ni marquesinas vistosas. Son visitados por todos los pobladores, se consigue lo necesario. No hay lujos, todo es práctico. Los probadores son improvisadas cortinas desplegadas para dar privacidad. Los productos no tienen el valor agregado de franquicias. Se paga lo que cuestan las cosas.
Cambio de patrón. El 98% de los pobladores son musulmanes sunitas, no son el mal personificado que algunos eruditos describen. Son gente buena, de valores distintos de los latinos. Un 70% de los matrimonios son arreglados por los padres; por generaciones ha sido así, pero los jóvenes están cambiando ese patrón. Las mujeres que hoy están casadas no quieren lo mismo para sus hijas. Las cosas cambiarán, no hay duda. Los hombres saludan con la mano izquierda sobre el pecho, señal de respeto mutuo; son cordiales, callados.
La ciudad no tiene vehículos con bazucas musicales que contaminan el espacio sónico. No hay letreros luminosos que tapen las montañas; por las noches es posible caminar sin temor de un asalto, se escucha latir del corazón.
Valor de la familia. Los niños van a la escuela y tienen los mismos tirones de orejas ante una mala conducta que me dieron a mí. La familia tiene un valor relevante, sin violencia contra los hijos. Hay situaciones extremas, como en todo el mundo. La mujer, en su gran mayoría, tiene educación primaria o secundaria completa, muchas son profesionales universitarias, prudentes, tenaces conocedoras a cabalidad del ambiente en el que se desenvuelven.
Hay mucho trabajo por delante en materia de garantías electorales, de acceso a los medios de comunicación independientes. Pero están trabajando en ello.
No fue fácil su salida de la égida soviética. Tuvieron una guerra civil que no quieren recordar. Están vivos los momentos de poder soviético, y esto les empuja involuntariamente a señalar que la democracia es buena, pero que perdieron mucho con su llegada, como en educación y salud. Un cuestionamiento legítimo porque nadie vive de ilusiones.
Lo importante es aceptar que la bondad y grandeza humana no se miden con un credo religioso. Los buenos principios del cristianismo están en el Corán, en los vedas y en el budismo.
Por cierto, la maestra que me regaló el libro se llama Hilda Chen-Apuy.

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